Índice
6. Los descontentos de la Web 2.0: centralización, capitalismo de vigilancia y la cuestión de los datos
El capítulo anterior describió cómo la web de "lectura y escritura" de la década de 2000 convirtió al lector pasivo en participante, y cómo un puñado de empresas aprendió a transformar esa participación en un valor extraordinario (véase el Capítulo 5, Web 2.0: la era de lectura y escritura y la economía de plataformas). Este capítulo examina la factura que llegó después. Expone, con rigor y ecuanimidad, la crítica estructural a la web de plataformas: la concentración de poder en unos pocos intermediarios, el modelo de negocio que la académica Shoshana Zuboff bautizó capitalismo de vigilancia, la cuestión irresuelta de quién es dueño de los datos personales, la política del encierro de plataforma (lock-in) y la desplataformación (deplatforming), la economía de la atención y la curaduría algorítmica, las rentas extraídas a los creadores y desarrolladores que construyen sobre las plataformas, y la fragilidad que nace de concentrar la comunicación del mundo en unos pocos sistemas. Estos agravios importan a este libro porque, tomados en conjunto, constituyen el problema motivador que la Web3 afirma resolver. Este capítulo es, por tanto, la bisagra entre la historia (Parte II) y la propuesta (Partes III–V): no evalúa todavía si la respuesta de la Web3 funciona —esa tarea corresponde a capítulos posteriores—, pero establece, con justicia, cuál es la pregunta.
De una arquitectura de participación a una concentración de poder
La promesa definitoria de la Web 2.0 fue la participación. En su ensayo canónico de 2005, el editor Tim O'Reilly describió la nueva web como software que "mejora cuanta más gente lo usa" ("gets better the more people use it"), aprovechando la inteligencia colectiva mediante lo que llamó una "arquitectura de participación" ("architecture of participation") (O'Reilly, 2005). El mismo ensayo, sin embargo, contenía la semilla de la crítica posterior. Entre los patrones de diseño de O'Reilly figuraba la máxima "Data is the Next Intel Inside" ["Los datos son el próximo Intel Inside"]: la afirmación de que el control sobre datos únicos y difíciles de recrear —las correcciones cartográficas de toda una ciudad, mil millones de conexiones sociales, el flujo de clics del mundo entero— se convertiría en la ventaja competitiva decisiva de la época (O'Reilly, 2005). La participación producía datos; los datos producían ventaja; la ventaja producía concentración.
El mecanismo de esa concentración es el efecto de red.
Un efecto de red es la propiedad por la cual un servicio se vuelve más valioso para cada usuario a medida que más personas lo usan. La analogía clásica es el teléfono: un solo teléfono es inútil; un teléfono vale en proporción al número de personas a las que uno puede llamar. Una red social donde están todos sus amigos resulta, por esa misma razón, muy difícil de abandonar por una rival vacía.
En pocas palabras: cuanta más gente se suma a una plataforma, mejor funciona y más difícil le resulta a cualquier competidor llevarse a sus usuarios; por eso la plataforma más grande tiende a seguir creciendo hasta ser casi la única.
Los efectos de red no son una conspiración; son una gravedad económica. Pero su consecuencia es que los mercados moldeados por ellos tienden hacia un número reducido de ganadores dominantes. El estudioso de los medios Robert W. Gehl le dio a ese desenlace un nombre preciso: centralización distribuida. La Web 2.0, sostuvo, presenta una arquitectura que parece descentralizada y participativa —millones de usuarios publicando libremente desde millones de dispositivos— cuando en realidad "canaliza" ("funneling") el valor que esos usuarios producen hacia un pequeño número de portales centrales que poseen los servidores, los datos y los términos de uso (Gehl, 2011). La superficie participativa y el sustrato centralizado son dos caras de un mismo diseño.
En pocas palabras: la web se siente como una plaza pública donde cualquiera puede hablar, pero la plaza misma es de propiedad privada. La multitud pone la conversación; el dueño del terreno se queda con la renta.
Esta tensión —entre una experiencia participativa y una estructura centralizada de propiedad y control— es la raíz de la que crecen todos los demás descontentos de este capítulo.
El capitalismo de vigilancia: la lógica del excedente conductual
El relato académico más influyente sobre lo que las plataformas dominantes hacen realmente con la participación es The Age of Surveillance Capitalism [La era del capitalismo de la vigilancia] (2019), de Shoshana Zuboff. La tesis central de Zuboff es que surgió una nueva lógica económica, primero y de manera más acabada en Google, que "reclama unilateralmente la experiencia humana como materia prima gratuita para su traducción en datos conductuales" ("unilaterally claims human experience as free raw material for translation into behavioral data") (Zuboff, 2019). La frase merece desmenuzarse con cuidado, porque es el núcleo analítico de toda la crítica.
El capitalismo de vigilancia, en la definición de Zuboff, es un sistema económico que trata el registro del comportamiento humano —sus clics, sus búsquedas, lo que mira, lo que dice y los lugares adonde va— como materia prima gratuita que puede cosecharse, procesarse y venderse. La analogía que traza Zuboff es con los primeros industriales que trataban la naturaleza como un insumo gratuito: así como una empresa maderera talaba un bosque que no había plantado, el capitalista de la vigilancia cosecha un comportamiento que no creó y por el que nunca se le pidió pagar.
El concepto crucial es el excedente conductual. Una plataforma necesita algunos datos sobre usted para prestar su servicio: su consulta de búsqueda para devolverle resultados, su dirección para mostrarle un mapa. El argumento de Zuboff es que el capitalismo de vigilancia captura datos mucho más allá de lo que el servicio requiere, y reclama ese exceso —el excedente— como propiedad exclusiva (Zuboff, 2019).
En pocas palabras: cuando usted le pide indicaciones a una aplicación de mapas, esta necesita su destino para hacer su trabajo. El capitalismo de vigilancia es la práctica de guardar además un registro de todos los lugares adonde usted fue, cuándo, con qué frecuencia y con quién se encontró allí: datos que la aplicación no necesitaba para darle indicaciones, pero que resultan enormemente valiosos para vender.
Ese excedente alimenta luego lo que Zuboff llama "inteligencia de máquinas", que lo convierte en productos de predicción —pronósticos de lo que usted hará a continuación, qué comprará, cómo votará, si abandonará el servicio— vendidos a clientes empresariales en lo que ella denomina mercados de futuros conductuales (Zuboff, 2019). Según este análisis, el anunciante no compra tanto su atención como una predicción sobre su comportamiento futuro. La extensión más provocadora de Zuboff es que la lógica no se detiene en la predicción: la manera más confiable de predecir el comportamiento es empujarlo, de modo que el sistema pasa de pronosticar lo que la gente hará a intervenir para que lo haga.
Zuboff es una crítica, y las partes más agresivas de su tesis —en particular la afirmación de que las plataformas moldean sistemáticamente el comportamiento— son disputadas por otros académicos y por las propias empresas; este capítulo vuelve a esa controversia más adelante. Pero el núcleo descriptivo —que los ingresos de las plataformas dominantes derivan de la recolección y monetización a gran escala de datos conductuales— no es seriamente disputado por las compañías, cuyos propios informes financieros muestran que la publicidad constituye la abrumadora mayoría de sus ingresos.
El académico de medios críticos Christian Fuchs llegó a una conclusión estructuralmente similar desde otra tradición, al sostener que las plataformas de la Web 2.0 funcionan como motores que "almacenan, procesan, analizan y venden" grandes volúmenes de datos personales y conductuales (Fuchs, 2011). Fuchs subrayó un rasgo específico de la web de lectura y escritura: el usuario es un prosumidor, a la vez productor y consumidor de contenido.
Un prosumidor es un usuario que produce el mismo contenido que consume. En una red social, los usuarios escriben las publicaciones, toman las fotos y aportan los comentarios que son el producto que los demás usuarios vienen a ver. La plataforma pone el local; los usuarios ponen la mercancía, gratis.
Para Fuchs, esto es lo que hace económicamente distintiva a la vigilancia de plataformas: los usuarios generan el contenido, las conexiones sociales y los datos conductuales, mientras la plataforma captura el valor resultante (Fuchs, 2011). La Web 2.0, en esta lectura, no se limitó a habilitar la vigilancia como efecto colateral; la vigilancia se convirtió en el modelo de negocio.
La cuestión de los datos: ¿quién es dueño de sus datos?
El capitalismo de vigilancia vuelve urgente una pregunta que la Web 1.0 nunca tuvo que hacerse: ¿quién es dueño de sus datos? La pregunta es engañosamente simple y jurídicamente enmarañada. Cuando un usuario sube una fotografía, escribe una publicación, arma una lista de contactos o simplemente se mueve por una plataforma dejando un rastro de clics, ¿quién posee los derechos sobre el registro resultante: el usuario que lo generó o la empresa en cuyos servidores se almacena?
En la práctica, bajo los términos de servicio estándar de la era de las plataformas, la respuesta ha favorecido abrumadoramente a la plataforma. Los usuarios suelen conservar la propiedad nominal del contenido que crean, a la vez que otorgan a la plataforma una licencia amplia, a menudo irrevocable, para usarlo; los datos conductuales —el flujo de clics, el grafo social, el historial de ubicaciones— se tratan por lo general como activo propio de la plataforma, aquel mismo "Intel Inside" que O'Reilly predijo que sería la fuente de la ventaja (O'Reilly, 2005). Los datos que son acaso los más íntimos —el registro del comportamiento de una persona— son los datos sobre los cuales el individuo tiene el menor control.
En pocas palabras: usted quizá "posea" la foto que publicó, pero la plataforma posee el registro, mucho más valioso, de quién la miró, por cuánto tiempo y qué hizo después. Usted generó ese registro por el simple hecho de existir en el servicio, y no puede llevárselo consigo.
Esta asimetría ha provocado un contramovimiento orientado explícitamente a devolver la propiedad de los datos a los individuos; y, dato importante, se trata de un movimiento que precede a la Web3 basada en cadenas de bloques (blockchain) y es distinto de ella. El esfuerzo más prominente proviene de Tim Berners-Lee, el inventor de la Web, a través del proyecto Solid (contracción de "Social Linked Data", datos sociales enlazados), desarrollado en el MIT. Solid propone que cada persona almacene sus datos en un depósito personal llamado pod, que el individuo controla, otorgando y revocando a voluntad el acceso de las aplicaciones (Wikipedia: Solid, s. f.).
Un pod, en el modelo de Solid, es una bóveda personal de datos en línea: una caja de seguridad para su información cuya llave la tiene usted, no una empresa. Las aplicaciones deben pedirle permiso para leerla o escribir en ella, y usted puede revocar ese permiso en cualquier momento, como quien le retira la copia de la llave a un huésped.
En 2018, Berners-Lee tomó un año sabático del MIT para fundar una empresa comercial, Inrupt, dedicada a desarrollar Solid, y planteó la meta como la restauración de la "verdadera propiedad de los datos" ("true data ownership") para los usuarios (TechCrunch, 2018). De manera significativa para la tarea central de desambiguación de este libro, Berners-Lee ha distinguido deliberadamente su esfuerzo de descentralización de la "Web3" de las cadenas de bloques, resistiéndose a esa etiqueta para Solid (Fast Company, 2022). La cuestión de los datos, en otras palabras, ha generado más de una respuesta propuesta; la Web3 es una candidata entre varias, y el Capítulo 7 retoma en detalle la confusión terminológica resultante.
La economía de la atención y la curaduría algorítmica
Si los datos conductuales son la materia prima del capitalismo de vigilancia, la atención es su recurso escaso. Puesto que las plataformas dominantes se financian con publicidad, sus ingresos son función de cuánta atención de los usuarios logran capturar y retener. Esto produce la dinámica de lo que comúnmente se llama la economía de la atención.
La economía de la atención es la competencia entre medios y plataformas por un recurso humano fijo y finito: las horas de atención de un día. Como la atención no puede fabricarse —solo hay veinticuatro horas, y una persona solo puede atender a un número limitado de cosas a la vez—, las plataformas financiadas por publicidad están estructuralmente impulsadas a maximizar el tiempo y la interacción que extraen de cada usuario.
El instrumento de esa extracción es la curaduría algorítmica: la clasificación y selección automatizadas de lo que ve cada usuario.
La curaduría algorítmica es el uso de software para decidir, para cada usuario individual, qué publicaciones, videos o recomendaciones mostrar y en qué orden. En lugar de presentar el contenido en orden cronológico o por elección explícita, el sistema de clasificación de la plataforma predice qué mantendrá interesado a un usuario dado y se lo pone delante. La analogía es un editor de periódico que reescribe la primera plana de manera distinta para cada lector, optimizando no la importancia de las noticias sino cuánto tiempo seguirá ese lector pasando páginas.
La preocupación que plantean los críticos es que, cuando el objetivo de optimización es la interacción, el contenido que gana no es necesariamente el contenido verdadero, saludable o socialmente valioso, sino el más llamativo: con frecuencia, el que provoca emociones intensas. Este es el punto donde la economía de la atención vuelve a conectar con la tesis de Zuboff: los mismos datos conductuales que alimentan los productos de predicción alimentan también los sistemas de clasificación, y la línea entre predecir qué retendrá la atención y diseñar contenido para retenerla es precisamente la línea que, según Zuboff, el capitalismo de vigilancia cruza (Zuboff, 2019). Vale la pena señalar que la versión más fuerte de esta afirmación —que los feeds algorítmicos degradan sistemáticamente el discurso público o la salud mental— sigue siendo un debate empírico activo y no zanjado entre los investigadores, no un hallazgo establecido; la crítica es real y seria, pero su magnitud está en disputa.
Encierro, desplataformación y el debate sobre la censura
La concentración de poder tiene consecuencias que van más allá de lo económico. Cuando un número reducido de plataformas se convierte en la sede de facto del comercio, la expresión y la vida social, emergen dos problemas adicionales: los usuarios quedan encerrados, y las plataformas adquieren el poder de excluir.
El encierro de plataforma (platform lock-in) es la condición en la que abandonar un servicio resulta tan costoso —por los datos, las conexiones sociales o las funciones que se pierden— que los usuarios se quedan aun estando insatisfechos.
El lock-in describe una situación en la que cambiarse de producto es tan doloroso que uno permanece a pesar de preferir una alternativa. La analogía es un número de teléfono que se ha tenido durante veinte años: aunque una operadora rival sea más barata, el costo de avisarle a todo el mundo el número nuevo lo mantiene a uno donde está. En las plataformas sociales, el costo equivalente es todo su grafo social y su historial, que la plataforma no le permite transferir.
El encierro es el efecto de red experimentado desde adentro: la misma gravedad que concentra a los usuarios también los atrapa.
El filo más agudo del poder de plataforma es la desplataformación (deplatforming): la expulsión de un usuario, un grupo o una aplicación de un servicio, hasta llegar, en el extremo, a la expulsión de la infraestructura subyacente que hace que un servicio sea siquiera alcanzable. Los episodios que cristalizaron esta preocupación se concentraron en unos pocos años notables. En agosto de 2019, la empresa de infraestructura Cloudflare canceló el servicio al foro 8chan después de que su director ejecutivo describiera el sitio como una "cloaca de odio" ("cesspool of hate") vinculada a múltiples tiroteos masivos (TechCrunch, 2019). En enero de 2021, tras el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, Twitter suspendió de forma permanente la cuenta de un presidente estadounidense en ejercicio, citando "el riesgo de una mayor incitación a la violencia" ("the risk of further incitement of violence") (Twitter Inc., 2021); a los pocos días, Amazon Web Services suspendió a la red social Parler de su plataforma de alojamiento, dejando la aplicación entera fuera de línea porque no logró encontrar rápidamente otro proveedor (TechCrunch, 2021).
Estos casos ilustran que la exclusión puede ocurrir en múltiples capas. Una plataforma puede eliminar a un usuario; un proveedor de infraestructura puede eliminar una plataforma entera. Cuanto más profunda es la capa en la que ocurre la exclusión, menores son las alternativas y más total el efecto: Parler no perdió un usuario; perdió la capacidad de existir en línea.
La ecuanimidad es esencial aquí, porque la desplataformación se sitúa en el centro de un conflicto de valores genuino e irresuelto, no de un agravio simple. El mismo poder que los críticos llaman censura es el que otros llaman moderación de contenidos, y las plataformas lo ejercen por razones que muchos encuentran convincentes: eliminar la incitación a la violencia, el material de abuso sexual infantil, el acoso y la desinformación coordinada. Una web sin ningún control de acceso no es obviamente mejor que una con demasiado. La crítica que motiva a la Web3 no es, por tanto, que la moderación sea ilegítima, sino que el poder de decidir —de manera unilateral, opaca y con alcance global— reside en un puñado de empresas privadas que no responden ante ningún electorado, cuyas decisiones no pueden apelarse ni, en muchos casos, siquiera explicarse. Personas razonables discrepan sobre si estas empresas han usado ese poder bien o mal en casos concretos; lo que resulta más difícil de disputar es el hecho estructural de que el poder está concentrado y en gran medida carece de contrapesos.
En pocas palabras: cuando unas pocas empresas privadas controlan las principales sedes del discurso público, cada una de sus decisiones de moderación se convierte en un acto de gobierno de alto riesgo; pero no son gobiernos, y normalmente no hay tribunal de apelación. Los críticos objetan menos cualquier decisión individual que la concentración del poder en sí misma.
La extracción de rentas a creadores y desarrolladores
Una vertiente distinta de la crítica no concierne a la vigilancia sino a la economía: la afirmación de que las plataformas dominantes extraen rentas excesivas precisamente de los creadores y desarrolladores que les aportan su valor. En economía, una renta es el ingreso que se obtiene por controlar un recurso escaso —aquí, el acceso a una audiencia o a un mercado— y no por producir algo nuevo.
El ejemplo más claro es la comisión de la tienda de aplicaciones. Para llegar a los usuarios de los dos sistemas operativos móviles dominantes, un desarrollador debe distribuir a través de la tienda de aplicaciones de la plataforma y, para muchas transacciones, aceptar su comisión estándar de hasta el 30 por ciento. La disputa llegó a los tribunales en un caso emblemático, Epic Games v. Apple, donde el tribunal de primera instancia determinó que el mantenimiento por parte de Apple de su comisión del 30 por ciento "no era producto de la competencia" ("not a product of competition") sino de su poder de mercado, aun cuando el tribunal aceptó los argumentos de Apple de que la revisión centralizada de aplicaciones aporta beneficios de seguridad y privacidad (Epic Games v. Apple, 2021; Wikipedia: Epic Games v. Apple, s. f.). El caso captura con precisión la queja estructural: la plataforma se instala como un peaje ineludible entre los creadores y sus clientes, y fija la tarifa.
En pocas palabras: para venderle a la gente que está en una plataforma, usted debe pagarle a la plataforma una tajada considerable, no porque haya construido su producto, sino porque controla el único camino hacia sus clientes. Los críticos lo llaman un peaje sobre una carretera que a nadie más se le permite construir.
Una segunda forma de extracción es el cierre de la API. Una API (interfaz de programación de aplicaciones, por sus siglas en inglés) es la puerta por la cual a una pieza de software se le permite hablar con otra; las plataformas exponen API para que desarrolladores externos construyan sobre ellas: clientes de terceros, herramientas y análisis.
Una API es un conjunto de reglas y puntos de acceso que permite que software externo interactúe con los datos y las funciones de una plataforma: como la ventanilla de atención de un edificio, a través de la cual los visitantes autorizados pueden hacer solicitudes. Quien es dueño del edificio controla la ventanilla: puede ampliarla, estrecharla, cobrar entrada o clausurarla con tablas.
Como la plataforma controla esa ventanilla, los desarrolladores que construyen negocios sobre ella quedan expuestos a cambios súbitos y unilaterales. En 2023, Reddit —cuya API había sido gratuita desde 2008— anunció tarifas que, según los cálculos de un prominente cliente de terceros, Apollo, le costarían aproximadamente veinte millones de dólares al año, forzando su cierre y desatando una protesta en la que miles de comunidades se pusieron en modo privado (Wikipedia: Reddit API controversy, s. f.; NPR, 2023). Twitter reestructuró y restringió drásticamente su propia API para desarrolladores en el mismo período. Cada caso subrayó lo mismo: el desarrollador que construye sobre la API de una plataforma construye en terreno alquilado, y el propietario puede cambiar las condiciones —o desalojarlo— a voluntad.
El agravio se extiende a los creadores comunes. Los músicos, escritores y creadores de video que dependen de una plataforma para llegar a su audiencia están sujetos a fórmulas de pago opacas y cambiantes, a decisiones de desmonetización y a cambios de clasificación sobre los que no tienen control ni recurso alguno. El patrón estructural se repite en las tiendas de aplicaciones, las API y los pagos a creadores: quienes generan el valor están aguas abajo de un intermediario que captura una gran parte de ese valor y dicta las condiciones unilateralmente.
Puntos únicos de falla y de control
Un último descontento es técnico, pero sus implicaciones son sociales: la concentración extrema crea puntos únicos de falla.
Un punto único de falla es un componente cuya avería derriba un sistema entero: como un puente que es la única ruta hacia una isla, de modo que si el puente cierra, la isla queda incomunicada. Cuando los servicios críticos corren sobre unos pocos sistemas centralizados, la falla de uno puede inhabilitar buena parte de la web de una sola vez.
La ilustración vívida llegó el 4 de octubre de 2021, cuando un error de configuración durante un mantenimiento de rutina hizo que Facebook, Instagram, WhatsApp, Messenger y Oculus desaparecieran de internet simultáneamente durante aproximadamente seis horas: servicios de los que dependen miles de millones de personas en todo el mundo (Wikipedia: 2021 Facebook outage, s. f.; Meta, 2021). En varias regiones del mundo donde WhatsApp es el canal principal de la comunicación personal y comercial —América Latina entre las primeras—, la vida cotidiana se vio trastornada por la falla de la red de una sola empresa. La misma concentración que produce poder de mercado produce fragilidad sistémica: cuando una sola empresa es el canal, la caída de una sola empresa es la caída de todos.
El punto se generaliza más allá de las caídas, hacia el control. Los mismos cuellos de botella centralizados que pueden fallar por accidente pueden también usarse deliberadamente: para vigilar, para bloquear, para censurar a instancias de un gobierno o para excluir a una región entera. Los críticos sostienen que una arquitectura con puntos únicos de control es, por construcción, una arquitectura vulnerable a la captura, sea por error, por incentivo comercial o por poder estatal. Es precisamente esta propiedad —cuellos de botella centralizados que son a la vez puntos únicos de falla y puntos únicos de control— la que los proponentes de la Web3 atacan más directamente, y el remedio propuesto, la descentralización, se examina en la Parte III.
Dónde se disputa la crítica y qué aportaron las plataformas
La honestidad intelectual exige que la crítica recién ensamblada se contraste con sus contraargumentos más fuertes, porque un relato unilateral tergiversaría el campo y debilitaría la evaluación que este libro hará más adelante de la Web3.
Primero, las plataformas aportaron, y siguen aportando, un valor enorme y genuino, buena parte de él a precio monetario cero para los usuarios. Los motores de búsqueda hicieron instantáneamente recuperable la suma del conocimiento humano registrado; los servicios de mapas reemplazaron el atlas de papel por navegación global en tiempo real; las plataformas sociales y de mensajería reconectaron diásporas y permitieron que pequeños creadores llegaran a audiencias globales sin pedirle permiso a ninguna editorial; las plataformas de video democratizaron por igual la instrucción y el entretenimiento. Los servicios "gratuitos" financiados por publicidad redujeron las barreras a la información y la comunicación para miles de millones de personas, incluidas muchas que no habrían podido costear alternativas de pago. Cualquier evaluación que trate la Web 2.0 como puramente extractiva ignora el inmenso excedente del consumidor que creó.
Segundo, la tesis del capitalismo de vigilancia, aunque influyente, está disputada en su forma fuerte. Los críticos de Zuboff sostienen que exagera la novedad de la recolección de datos conductuales (la vigilancia comercial es muy anterior a Google), que corre el riesgo del determinismo tecnológico y que subestima la agencia de los usuarios y el papel de la regulación. La afirmación de que las plataformas pueden moldear el comportamiento de manera confiable —en lugar de meramente predecirlo y empujarlo en los márgenes— es empíricamente incierta; la publicidad siempre se ha atribuido más influencia de la que logra demostrar en todos los casos. Estas son razones para sostener las versiones más fuertes de la tesis de manera provisional, aun aceptando su núcleo descriptivo.
Tercero, el propio marco de la propiedad de los datos es cuestionado. Algunos economistas y juristas sostienen que "quién es dueño de sus datos" es la pregunta equivocada, porque buena parte de los datos valiosos son relacionales —un grafo social pertenece conjuntamente a todos los que lo integran— y porque los datos individuales, vendidos o controlados persona por persona, valen casi nada; su valor es agregado. Según esta visión, convertir los datos personales en propiedad podría afianzar la desigualdad en lugar de remediarla, y los mejores remedios son regulatorios (derechos de acceso, supresión y portabilidad, como en el derecho de protección de datos) antes que patrimoniales. Esto importa para capítulos posteriores, porque el discurso de la Web3 se apoya fuertemente en la propiedad individual como solución.
Cuarto, la concentración ha suscitado respuestas reales dentro del sistema existente: la aplicación de las leyes de competencia, la regulación integral de la privacidad, la portabilidad de datos por mandato legal y los propios debates sobre la desplataformación son evidencia de una sociedad que disputa el poder de las plataformas mediante el derecho y la política, y no mediante una nueva arquitectura. Si esas herramientas son suficientes es, a su vez, materia de disputa; pero su existencia complica cualquier afirmación de que la web de plataformas sea un monolito incontestable que solo una revolución tecnológica puede desalojar.
En pocas palabras: las plataformas mejoraron genuinamente miles de millones de vidas, la versión más dura de la crítica no está plenamente probada, y existen vías no tecnológicas para enfrentar el poder de las plataformas. Nada de esto refuta los agravios; pero sí significa que son un problema serio que debe sopesarse, no un veredicto cerrado que valide automáticamente a cualquier cosa que se proponga reemplazarlos.
Síntesis: el problema motivador que la Web3 afirma resolver
Este capítulo ha ensamblado, a partir de fuentes académicas y periodísticas verificadas, la crítica estructural a la web de plataformas. Sus elementos se articulan en un diagnóstico único. La web participativa de la década de 2000, impulsada por los efectos de red, concentró el poder en unos pocos intermediarios (Gehl, 2011). Esos intermediarios construyeron un modelo de negocio —el capitalismo de vigilancia— que cosecha datos conductuales como materia prima gratuita y vende predicciones sobre el comportamiento humano (Zuboff, 2019; Fuchs, 2011), dejando sin resolver la pregunta de quién es dueño del registro resultante de la vida de cada uno (TechCrunch, 2018). La economía de la atención y la curaduría algorítmica orientan el sistema hacia la interacción antes que hacia el bienestar (O'Reilly, 2005; Zuboff, 2019). El encierro atrapa a los usuarios; la desplataformación otorga a empresas privadas un poder cuasi gubernamental sobre la expresión (Twitter Inc., 2021; TechCrunch, 2021); la extracción de rentas subordina a creadores y desarrolladores a peajes que no rinden cuentas (Epic Games v. Apple, 2021; NPR, 2023); y la concentración resultante produce sistemas que son a la vez puntos únicos de falla y puntos únicos de control (Meta, 2021). El capítulo también ha señalado, con honestidad, dónde se disputa cada una de estas afirmaciones y qué aportaron las plataformas a cambio.
La importancia de este diagnóstico para la pregunta central del libro es que es la pregunta a la que la Web3 se ofrece como respuesta. Los proponentes de la Web3 toman precisamente esta lista de agravios —centralización, vigilancia, la cuestión de los datos, el encierro, la desplataformación, la extracción de rentas, los puntos únicos de control— y proponen disolverlos eliminando por completo al intermediario de confianza, rediseñando la arquitectura de la web para que sean los usuarios, y no las plataformas, quienes controlen la identidad, los datos y el valor. Esa ambición no es incidental a la Web3; es su razón de ser fundacional. Como muestra el capítulo siguiente, cuando Gavin Wood acuñó el significado moderno de "Web3" en 2014, lo enmarcó explícitamente como respuesta a un mundo en el que "confiar nuestra información a organizaciones, en general, es un modelo roto de raíz" ("entrusting our information to organisations in general is a fundamentally broken model") (Wood, 2014). Los descontentos catalogados aquí son el modelo roto al que se refería.
Si la cura que propone la Web3 es sólida, parcial o ilusoria —si la descentralización puede alcanzarse y sostenerse, o si los mismos efectos de red y las mismas preferencias humanas por la comodidad simplemente recrean la vieja concentración con formas nuevas— es la pregunta que el resto de este libro debe responder. Este capítulo ha cumplido su tarea más acotada: establecer, con justicia y sobre la evidencia, el problema que le da su propósito al proyecto de la Web3. Pasamos ahora, en el Capítulo 7, a la historia intelectual del término mismo.
Referencias citadas en este capítulo
Epic Games, Inc. v. Apple Inc., No. 4:20-cv-05640-YGR (N.D. Cal. Sept. 10, 2021). United States District Court for the Northern District of California. (See also Wikipedia entry below.)
Fast Company. (2022). Tim Berners-Lee is building the web's 'third layer.' Don't call it Web3. https://www.fastcompany.com/90807852/tim-berners-lee-inrupt-solid-pods
Fuchs, C. (2011). New Media, Web 2.0 and Surveillance. Sociology Compass, 5(2), 134–147. https://compass.onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1751-9020.2010.00354.x
Gehl, R. W. (2011). Distributed Centralization: Web 2.0 as a Portal into Users' Lives. Lateral, 1. https://csalateral.org/issue/1/distributed-centralization-web-2-0-portal-users-gehl/
Meta (Engineering at Meta) / Janardhan, S. (2021, October 5). More details about the October 4 outage. https://engineering.fb.com/2021/10/05/networking-traffic/outage-details/
NPR / Allyn, B. (2023, June 12). Thousands of Reddit communities 'go dark' in protest of new developer fees. https://www.npr.org/2023/06/12/1181376050/reddit-communities-go-dark-protest-new-api-developer-fees
O'Reilly, T. (2005, September 30). What Is Web 2.0: Design Patterns and Business Models for the Next Generation of Software. O'Reilly Media. https://www.oreilly.com/pub/a/web2/archive/what-is-web-20.html
TechCrunch / Lomas, N. (2018, October 9). Tim Berners-Lee is on a mission to decentralize the web. https://techcrunch.com/2018/10/09/tim-berners-lee-is-on-a-mission-to-decentralize-the-web/
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