Índice
5. La Web 2.0: la era de lectura y escritura y la economía de plataformas
Si la Web 1.0 fue una biblioteca — una vasta colección de páginas que el público podía leer pero rara vez modificar (véase el Capítulo 4, La Web 1.0: la era de la lectura) —, la Web 2.0 fue el momento en que la biblioteca puso un bolígrafo en la mano de cada visitante. Este capítulo rastrea cómo la Web pasó de ser un medio de publicación a ser un medio de participación, cómo ese giro dio origen a un nuevo tipo de empresa — la plataforma — y cómo las mismas características que hicieron a la Web 2.0 tan útil y tan querida concentraron también el poder, el dinero y los datos personales en un puñado de manos corporativas. Entender esta transformación es esencial para la pregunta central de este libro, porque la Web3 se define, ante todo, como una reacción contra el mundo que la Web 2.0 construyó. Para entender la reacción, primero debemos entender, con justicia y con precisión, aquello contra lo que reacciona.
Una nota sobre los números: qué significa "Web 2.0" y qué no significa
Antes de avanzar, una advertencia sobre el vocabulario. Las etiquetas "Web 1.0", "Web 2.0" y "Web3" sugieren una secuencia ordenada de versiones de software, como el paso de una edición del sistema operativo de un celular a la siguiente. No lo son. Ninguna autoridad central "lanzó" jamás la Web 2.0; nadie accionó un interruptor; la Web anterior no dejó de funcionar. Se trata de retrónimos y etiquetas de época: nombres aplicados, muchas veces a posteriori, a conjuntos difusos de tecnologías, prácticas comerciales y conductas sociales que llegaron a dominar un tramo de la historia de la Web.
En pocas palabras: "Web 2.0" se parece menos a un número de versión de software y más a una etiqueta de historiador, como "la Revolución Industrial". Nombra un cambio amplio en la manera de hacer las cosas, no un producto único que alguien haya comprado o instalado.
Esta distinción importa por honestidad intelectual. Como mostrarán capítulos posteriores, la pulcritud misma del esquema "1.0 → 2.0 → 3.0" es parte de lo que vuelve a la "Web3" retóricamente poderosa — y parte de lo que la vuelve analíticamente escurridiza (véanse el Capítulo 7, Etimología e historia intelectual de "Web3", y el Capítulo 25, Hacia una definición). Tener presente la vaguedad de estas etiquetas nos protege de confundir una narrativa de marketing con una ley del progreso tecnológico.
El origen del término: DiNucci (1999) y O'Reilly (2005)
La expresión "Web 2.0" tiene un origen preciso y frecuentemente mal recordado. No la acuñó un ejecutivo de Silicon Valley, sino una arquitecta de información y diseñadora llamada Darcy DiNucci, en un artículo breve titulado "Fragmented Future" [Futuro fragmentado], publicado en la revista Print en abril de 1999 (DiNucci, 1999). Escribiendo en pleno auge de la primera burbuja puntocom, DiNucci no estaba describiendo las redes sociales ni el contenido generado por los usuarios — ninguno de los dos existía en forma reconocible. Estaba haciendo una predicción sobre dispositivos y pantallas. La Web, sostenía, pronto escaparía del navegador de escritorio para aparecer en televisores, tableros de automóviles, teléfonos y aparatos de bolsillo, y se convertiría en un tejido entrelazado con los objetos cotidianos, más que en un lugar que uno "visitaba".
Sus líneas más citadas capturan esa clarividencia: "La Web que hoy conocemos, que se carga en la ventana de un navegador en pantallas esencialmente estáticas, es apenas un embrión de la Web por venir" ("The Web we know now, which loads into a browser window in essentially static screenfuls, is only an embryo of the Web to come"). "Los primeros destellos de la Web 2.0 comienzan a aparecer, y apenas empezamos a ver cómo podría desarrollarse ese embrión" (DiNucci, 1999). La imagen del embrión es acertada: DiNucci intuyó que algo más grande se gestaba dentro de las páginas estáticas de los años noventa, aunque no pudiera conocer su forma final.
El término quedó luego en gran medida aletargado durante cinco años. Fue popularizado — dotado de su significado hoy familiar — en 2004, cuando O'Reilly Media y MediaLive International organizaron la primera Web 2.0 Conference. Según se cuenta, la expresión surgió en una sesión de lluvia de ideas en la que Dale Dougherty, vicepresidente de O'Reilly, la usó para describir a las empresas que habían sobrevivido al colapso puntocom de 2000–2001 y parecían compartir un nuevo conjunto de características (Wikipedia: Web 2.0, s. f.; Wikipedia: Dale Dougherty, s. f.). En su intervención inaugural de la conferencia, Tim O'Reilly y John Battelle enmarcaron la idea organizadora como la "Web como plataforma" ("Web as Platform"): la noción de que la Web estaba dejando de ser una colección de documentos para convertirse en un cimiento sobre el cual podían construirse y distribuirse software y servicios (Wikipedia: Web 2.0, s. f.).
La idea recibió su formulación canónica un año después, en el influyente ensayo de Tim O'Reilly "What Is Web 2.0: Design Patterns and Business Models for the Next Generation of Software" [Qué es la Web 2.0: patrones de diseño y modelos de negocio para la próxima generación de software], publicado el 30 de septiembre de 2005 (O'Reilly, 2005). Ese ensayo es la fuente primaria más importante para entender qué quiso decir la industria tecnológica con el término, y recompensa una lectura atenta — entre otras razones porque, como veremos, varias de sus observaciones celebratorias se leen hoy como pronósticos asombrosamente exactos de los descontentos que examina el capítulo siguiente.
En pocas palabras: Una diseñadora llamada Darcy DiNucci inventó la expresión "Web 2.0" en 1999 para predecir que la Web se extendería más allá de la pantalla de la computadora. La editorial de Tim O'Reilly le dio a la expresión su significado perdurable en 2004–2005, al usarla para describir una nueva generación de empresas y una nueva manera de construir software sobre la Web.
Vale la pena subrayar lo que el término no significó originalmente, para evitar una confusión común. La "Web 2.0" de DiNucci en 1999 y la "Web 2.0" de O'Reilly en 2005 son visiones emparentadas pero no idénticas, y ninguna de las dos tiene nada que ver con la "Web 3.0" de Tim Berners-Lee — la Web Semántica (Berners-Lee, Hendler y Lassila, 2001) — ni con la posterior "Web3" de Gavin Wood, basada en cadenas de bloques (blockchain) (Wood, 2014). Este libro trata el desenredo cuidadoso de estos numerales superpuestos como una de sus tareas fundamentales (véase el Capítulo 27, Desenredar los términos).
Qué cambió, en el plano técnico
O'Reilly fue enfático en que la Web 2.0 carecía de fronteras nítidas: era un "núcleo gravitacional" de ideas, no una especificación (O'Reilly, 2005). Aun así, varios cambios técnicos concretos sostuvieron el paso de una Web de solo lectura a una Web de lectura y escritura.
De páginas estáticas a páginas dinámicas, similares a aplicaciones
La página de la Web 1.0 era, en esencia, un documento impreso entregado por vía electrónica: el servidor enviaba una página terminada, el navegador la mostraba, y cualquier cambio — incluso agregar un comentario — exigía cargar una página completamente nueva. Las páginas de la Web 2.0 se comportaban más bien como software vivo. La técnica habilitante decisiva recibió en 2005 el nombre de AJAX, sigla de Asynchronous JavaScript and XML (JavaScript y XML asíncronos).
AJAX es, en esencia, una manera de que una página web obtenga discretamente información nueva del servidor, en segundo plano, y actualice una parte de sí misma sin recargar la página completa. La analogía cotidiana es la diferencia entre un formulario en papel que hay que devolver por correo para recibir después una copia nueva, y un empleado de ventanilla que actualiza el registro mientras usted espera y le devuelve la misma hoja, ya modificada. Antes de AJAX, cada interacción implicaba una hoja nueva; después de AJAX, la página podía cambiar en el lugar.
Las consecuencias prácticas fueron enormes. El correo electrónico en la web que se actualizaba a medida que llegaban los mensajes, los mapas que podían arrastrarse y ampliarse con fluidez, los documentos que varias personas podían editar a la vez y los muros de novedades que se refrescaban sin necesidad de hacer clic: todo se volvió posible. El navegador, antes un visor pasivo de páginas, se convirtió en un entorno de ejecución para aplicaciones plenas. Esto es precisamente lo que O'Reilly quería decir con la "Web como plataforma": el sistema operativo que importaba ya no era el de su escritorio, sino la Web misma (O'Reilly, 2005).
El software como servicio en actualización continua
Un segundo cambio, a la vez técnico y económico, fue el paso del software como producto al software como servicio. En la era de la Web 1.0 y en la era previa a la Web, el software era una cosa que se compraba en una caja, se instalaba y se usaba hasta adquirir la versión siguiente. O'Reilly identificó un patrón definitorio de la Web 2.0: el software entregado como un servicio que se "actualiza continuamente" y que, de manera crucial, "mejora a medida que más gente lo usa" ("gets better the more people use it") (O'Reilly, 2005).
En pocas palabras: En lugar de comprar un programa terminado cada tantos años, usted usa ahora un servicio que vive en las computadoras de otro, que mejora de manera silenciosa y constante y que — esta es la parte clave — mejora gracias a y a través de la actividad de sus usuarios. Cada búsqueda, clic, edición y calificación se convierte en materia prima que vuelve más inteligente al servicio.
Esta última cláusula — que el servicio mejora a través de los datos que generan sus usuarios — es el gozne sobre el que gira toda la economía de plataformas. Es, a la vez, la fuente de la genuina magia de la Web 2.0 y la semilla de su problema central.
El contenido generado por los usuarios: blogs, wikis y la arquitectura de la participación
El cambio socialmente más visible fue la explosión del contenido generado por los usuarios: material creado no por editores profesionales, sino por usuarios comunes.
El contenido generado por los usuarios es, dicho llanamente, el conjunto de textos, fotos, videos, reseñas y ediciones que produce el propio público. La Web 1.0 tenía un número pequeño de editores que servían a un gran número de lectores pasivos, de modo muy parecido a la televisión abierta (O'Reilly, 2005). La Web 2.0 disolvió la línea entre público y autor: el lector ahora también podía escribir.
Varios formatos encarnaron este fenómeno. El blog (contracción de "web log", bitácora en la web) convirtió la publicación personal en algo que cualquiera podía hacer sin saber construir un sitio web: el software se encargaba automáticamente del diseño, del archivo y del orden cronológico. El wiki — un sitio web que cualquier lector puede editar directamente desde el navegador — produjo, en su ejemplo más célebre, Wikipedia, una enciclopedia escrita en colaboración por voluntarios. Los hilos de comentarios, los foros de discusión, las etiquetas, las calificaciones y las reseñas convirtieron el consumo en contribución.
O'Reilly le dio al fenómeno un nombre memorable: "aprovechar la inteligencia colectiva" ("harnessing collective intelligence") mediante una "arquitectura de participación" ("architecture of participation") (O'Reilly, 2005). La frase describe sistemas diseñados deliberadamente para que los actos ordinarios, e incluso interesados, de los usuarios individuales se sumen de manera automática en un valor colectivo. Cuando un usuario enlaza una página, califica un producto o corrige una errata, aporta — muchas veces sin proponérselo — a un recurso compartido que beneficia a todos.
En pocas palabras: Los servicios de la Web 2.0 se construyeron de modo que las personas, con solo usarlos normalmente, los mejoraran entre todas. Un millón de pequeñas contribuciones — enlaces, reseñas, ediciones, etiquetas — suman algo que ninguna empresa habría podido producir por sí sola.
Lo móvil y el usuario siempre conectado
Por último, y cumpliendo la predicción original de DiNucci de 1999 de manera más literal de lo que el ensayo de O'Reilly de 2005 anticipó, la Web escapó del escritorio. La llegada de teléfonos inteligentes verdaderamente capaces, a fines de la década de 2000, significó que la Web de lectura y escritura viajaba ahora en miles de millones de bolsillos, equipada con cámaras, micrófonos y — de manera crítica — sensores de ubicación. El celular hizo de la participación algo continuo y ambiental: una foto podía publicarse en el instante de tomarse, una ubicación compartirse en el momento de llegar. También multiplicó enormemente el volumen y la intimidad de los datos que los usuarios generaban, un punto que resultará decisivo en el análisis que sigue.
El ascenso de las plataformas y el modelo de negocio de plataforma
Las empresas que llegaron a dominar la Web 2.0 — Google, Amazon, las redes sociales que se convirtieron en Facebook y luego en Meta, YouTube, Twitter — comparten una forma estructural que las distingue de los editores y de los vendedores de software que las precedieron. Son plataformas.
Una plataforma es, en esencia, un negocio cuyo producto no es un bien terminado sino un lugar de encuentro: un intermediario que crea valor principalmente conectando entre sí a grupos distintos de personas y facilitando sus interacciones. Una analogía útil es un centro comercial o un mercado: el centro comercial no fabrica zapatos ni vende café; provee el espacio, las reglas y el flujo de visitantes que permiten que comerciantes y compradores se encuentren, y se queda con una parte de la actividad que hace posible. Una plataforma es un mercado construido en software.
Los economistas describen a veces esta forma como un mercado de múltiples lados: la plataforma sirve a dos o más grupos distintos cuya presencia la vuelve valiosa para los demás. Un motor de búsqueda sirve a la vez a las personas que buscan información y a los anunciantes que buscan a esas personas; una red social sirve a la vez a los usuarios que buscan conexión y a los anunciantes que buscan atención; un sitio de videos sirve a la vez a espectadores y a creadores (y, de nuevo, a anunciantes). El papel de la plataforma es mediar: colocarse en el centro de estas relaciones.
El contraste con la Web 1.0 es tajante. Un sitio de la Web 1.0, como una revista impresa, era el contenido. Una plataforma de la Web 2.0, en cambio, produce a menudo poco o ningún contenido propio. YouTube no filma videos; aloja los videos que suben los usuarios. Una red social no escribe publicaciones; organiza las publicaciones que escriben los usuarios. El activo distintivo de la plataforma no es el contenido sino la posición: se sitúa entre productores y consumidores y orquesta su encuentro.
En pocas palabras: Una plataforma no gana dinero vendiéndole algo que ella fabricó, sino colocándose en medio de los intercambios de todos los demás y cobrando una tarifa — en dinero, en datos o en atención — por organizar la conexión.
Esta posición de intermediario — ser "el hombre en el medio" de la vida digital — es el hecho más importante de la Web 2.0 para los propósitos de este libro. Como detallarán capítulos posteriores, toda la propuesta de la Web3 es la promesa de la desintermediación: organizar las conexiones entre las personas sin una plataforma corporativa de por medio (véanse el Capítulo 25, Hacia una definición, y el Capítulo 26, La Web3 como ideología).
Los efectos de red y la tendencia a la concentración
¿Por qué la Web 2.0 produjo un puñado de gigantes dominantes en lugar de una ecología diversa de servicios en competencia? La respuesta más profunda está en un fenómeno que O'Reilly colocó en el centro mismo de su definición: los efectos de red (O'Reilly, 2005).
Existe un efecto de red cuando un producto o servicio se vuelve más valioso para cada usuario a medida que más personas lo usan. La analogía clásica es el teléfono: un solo teléfono es inútil; un teléfono se vuelve valioso únicamente porque otras personas también tienen teléfono, y se vuelve más valioso con cada persona adicional a la que se puede llamar. El valor está en la red de usuarios, no en el aparato en sí.
Los efectos de red son el motor económico de las plataformas, y tienen una propiedad fatídica: tienden a producir resultados en los que el ganador se lleva casi todo. Considere una red social. Su valor para usted lo determina, de manera abrumadora, que las personas a las que quiere llegar ya estén allí. Una red social nueva y técnicamente superior no vale casi nada si está vacía. Esto crea una poderosa atracción gravitacional hacia la plataforma que ya tiene más usuarios — y una poderosa barrera contra cualquier competidor, por bueno que sea, que llegue más tarde. El resultado es una tendencia a la concentración: mercados en los que una o dos firmas capturan la parte del león, no porque los reguladores fallaran o los competidores fueran perezosos, sino porque la matemática subyacente del valor de red premia el tamaño como tal.
En pocas palabras: En una plataforma, la multitud es el producto. La gente va adonde ya está la gente, lo cual hace que las plataformas grandes crezcan más y que a los recién llegados — incluso a los excelentes — les resulte brutalmente difícil abrirse paso. Lo grande tiende a alimentarse de sí mismo.
O'Reilly reforzó esta idea con otro de sus "patrones de diseño", al que tituló provocadoramente "Data is the Next Intel Inside" [Los datos son el próximo "Intel Inside"] (O'Reilly, 2005). Su afirmación era que el control de una base de datos única y difícil de recrear — las reseñas y los historiales de compra acumulados por Amazon, los datos viales de un servicio de mapas, el índice de la Web entera de un motor de búsqueda — se convertiría en la ventaja competitiva decisiva de la época, tal como el procesador Intel había sido el componente indispensable dentro de las computadoras personales. Quien poseyera los mejores datos ganaría, y como los datos se acumulan con el uso, los líderes se alejarían cada vez más. En 2005, esto se ofreció como consejo estratégico. Leído en retrospectiva, es también una descripción notablemente franca de cómo unas pocas empresas llegaron a amasar reservas sin precedentes de información sobre la humanidad — el tema que el capítulo siguiente aborda de lleno.
Para volver concreto el contraste estructural entre las eras de la Web, resulta útil la siguiente comparación:
| Dimensión | Web 1.0 (lectura) | Web 2.0 (lectura y escritura) |
|---|---|---|
| Papel del usuario | Lector / consumidor | Lector y autor (participante) |
| Fuente del contenido | Unos pocos editores | Los propios usuarios |
| Comportamiento de la página | Documentos estáticos | Dinámico, similar al de una aplicación (AJAX) |
| Forma dominante | El sitio web / la página de inicio | La plataforma / el servicio |
| Motor económico | Vender contenido, software, anuncios en páginas | Efectos de red, datos, atención |
| Sede del valor | El contenido | La posición del intermediario y sus datos |
| Tendencia | Fragmentación | Concentración |
"Gratis a cambio de datos y atención": el modelo publicitario
Un rasgo llamativo de la Web 2.0, para cualquiera criado en la idea de que los bienes cuestan dinero, es que sus servicios más exitosos son, para el usuario, gratuitos. Búsqueda, correo electrónico, mapas, redes sociales, video: no se paga nada en el momento de usarlos. El enigma se disuelve en cuanto se identifica quién es el verdadero cliente.
Para las plataformas dominantes de la Web 2.0, el modelo de negocio es la publicidad, y el mecanismo es la conversión de los datos y la atención de los usuarios en algo por lo que los anunciantes están dispuestos a pagar. El usuario no compra el servicio; el usuario, en cierto sentido, es lo que se vende — o, con más precisión, lo que se vende es la atención del usuario y el valor predictivo de sus datos, a los anunciantes, que son los clientes que pagan.
En pocas palabras: Cuando un servicio es gratuito, usted no suele ser el cliente; usted es el producto en oferta. La plataforma le da un servicio útil sin costo, recopila datos sobre lo que usted hace, usa esos datos para averiguar qué retendrá su atención y qué podría usted comprar, y les vende a los anunciantes la posibilidad de alcanzarlo en el momento exacto. La transacción es real; simplemente se paga en atención e información personal en lugar de dinero en efectivo.
Este arreglo es la consecuencia económica directa de las características técnicas descritas antes. Recuerde el patrón definitorio de O'Reilly: un servicio que "mejora a medida que más gente lo usa" porque aprende de sus datos (O'Reilly, 2005). Los mismos datos que hacen que un buscador devuelva mejores resultados, o que un muro de novedades muestre publicaciones más cautivadoras, son los datos que vuelven más precisa — y por lo tanto más valiosa — la segmentación publicitaria. La "arquitectura de participación" que permite a los usuarios mejorar colectivamente un servicio es también, vista desde el lado del negocio, un aparato de recolección de información conductual a escala planetaria. El genio y el problema del modelo son las dos caras de una misma moneda.
Este libro reserva su tratamiento crítico completo de este modelo — incluido el argumento de Shoshana Zuboff de que constituye un orden económico novedoso que ella llama "capitalismo de la vigilancia" ("surveillance capitalism") (Zuboff, 2019), y los estudios críticos de medios que presentan a los usuarios como "prosumidores" ("prosumers") no remunerados cuya actividad se cosecha como valor (Fuchs, 2011) — para el capítulo siguiente (véase el Capítulo 6, Los descontentos de la Web 2.0). El objetivo aquí es solo establecer, con neutralidad, la estructura del trato: comodidad y conexión ofrecidas sin costo, financiadas por la monetización de los datos y la atención.
Los beneficios genuinos: un balance justo
La honestidad intelectual exige que las fortalezas de la Web 2.0 se enuncien con la misma fuerza que sus problemas, y no como mera concesión retórica previa a la crítica. Los descontentos catalogados en el capítulo siguiente son reales, pero también lo son los bienes, y los bienes no son triviales. Buena parte de la dificultad de evaluar la Web3 proviene precisamente de que el sistema que propone reemplazar funciona, y funciona bien, para miles de millones de personas.
Primero, la Web 2.0 democratizó radicalmente la publicación y la voz. Durante la mayor parte de la historia humana, llegar a un público amplio exigía poseer — o que a uno le concedieran acceso a — una imprenta, una licencia de radiodifusión o un contrato editorial: recursos escasos controlados por pocos. La Web 2.0 redujo el costo de publicar casi a cero, y la destreza requerida, prácticamente a nada. Un adolescente con un celular puede hoy alcanzar una audiencia mayor que la de cualquier periódico del siglo XX. Se han organizado movimientos, expuesto abusos, amplificado voces marginadas y compartido conocimiento a una escala sin precedente. Cualesquiera que hayan sido sus patologías posteriores, esta fue una expansión genuina del poder de comunicar.
Segundo, la Web 2.0 hizo posible la conexión a una escala y con una intimidad nunca antes vistas: reunió a familias que la migración y la distancia habían separado, sostuvo a las comunidades de la diáspora, permitió que personas con enfermedades raras o intereses minoritarios se encontraran a través del mundo. La capacidad de estas herramientas para reducir la soledad y construir comunidad es real, aun cuando su capacidad para crispar y aislar también lo sea.
Tercero, la Web 2.0 permitió que casi cualquiera pudiera realizar transacciones y ganarse la vida. Los mercados en línea — de MercadoLibre a Amazon — permitieron a los individuos vender a una clientela global sin local propio; las plataformas permitieron a los creadores obtener ingresos de sus audiencias sin estudio ni disquera; la "economía de plataformas" en sentido amplio permitió monetizar cuartos libres, tiempo libre y habilidades especializadas. Fricciones que antes exigían un capital considerable — encontrar clientes, procesar pagos, establecer confianza entre desconocidos — fueron absorbidas por la plataforma.
En pocas palabras: La Web 2.0 les dio a las personas comunes tres poderes antes reservados a las instituciones: el poder de publicar para el mundo, el poder de encontrar y conectarse con casi cualquiera, y el poder de hacer negocios a través del planeta. Son regalos reales, y cualquier evaluación honesta de lo que vino después debe comenzar por reconocerlos.
Es esencial mantener estos beneficios a la vista, porque la fuerza persuasiva de la crítica que hace la Web3 depende de un juego de manos con la atención que este libro se esfuerza por evitar: subrayar los costos de la Web 2.0 dando por sentados sus beneficios. La pregunta pertinente nunca es si la Web 2.0 tiene problemas — todo sistema los tiene —, sino si alguna alternativa propuesta puede preservar estos bienes genuinos y remediar a la vez los costos. Esa pregunta comparativa, planteada con honestidad, es la vara con la que en última instancia debe medirse la Web3 (véase el Capítulo 33, El estado de la evidencia).
La comodidad empaquetada con la centralización
La característica definitoria de la Web 2.0 — la que prepara todo lo que sigue — es que sus beneficios llegaron empaquetados con un costo específico, y que el paquete resultó, para la mayoría de los usuarios, un trato irresistible. La comodidad llegó en el mismo paquete que la centralización y la intermediación.
Considere lo que la plataforma ofrece y lo que pide a cambio. Ofrece un servicio gratuito, pulido, confiable, disponible al instante y en mejora continua: un estándar de comodidad que las alternativas independientes o autogestionadas rara vez igualan. A cambio, le pide al usuario aceptar que su contenido viva en los servidores de la plataforma, bajo las reglas de la plataforma; que su identidad, sus contactos y su reputación queden atados a una cuenta que la plataforma controla; que sus datos sean recopilados y monetizados; y que la plataforma se erija en intermediaria indispensable de sus relaciones digitales. La mayoría de los usuarios aceptó este trato no por ignorancia ni por coerción, sino porque, transacción tras transacción, la comodidad era real y el costo era difuso, diferido y en gran medida invisible.
El resultado estructural es lo que el investigador de medios Robert Gehl, en una frase a la que este libro volverá, llamó "centralización distribuida" ("distributed centralization"): una arquitectura que se siente participativa y descentralizada — cualquiera puede publicar, cualquiera puede unirse — mientras en los hechos "canaliza el valor producido por los usuarios hacia unos pocos portales centrales" (Gehl, 2011). La participación es genuina; también lo es la centralización. Los usuarios efectivamente producen el contenido y el valor; un pequeño número de corporaciones efectivamente lo captura y lo controla. Las dos mitades de la descripción son verdaderas a la vez, y su coexistencia es la esencia de la condición Web 2.0.
En pocas palabras: La Web 2.0 parece abierta — cualquiera puede unirse, publicar y construir —, pero esa apertura pasa por unos pocos guardianes privados que poseen los servidores, fijan las reglas, retienen los datos y cobran las recompensas. Usted hizo el trabajo de construir su red y su reputación; la plataforma es dueña del lugar donde ambas viven, y puede cambiar las reglas, o cerrar su cuenta, a voluntad.
Este empaquetamiento tiene tres consecuencias de las que el movimiento Web3 se apropiará directamente. La primera es la dependencia y el encierro (lock-in): como los contactos, el contenido y la reputación de cada quien están en manos de la plataforma, abandonarla significa abandonarlos, y por eso los efectos de red se traducen en una forma de cautiverio. La segunda es el control sin propiedad: los usuarios generan el valor pero no poseen los medios por los que se almacena o se intercambia, y viven bajo términos de servicio que no pueden negociar y bajo una plataforma que puede expulsarlos, desmonetizarlos o borrarlos. La tercera es la cuestión de los datos y la vigilancia: el precio oculto del trato es un grado de observación del comportamiento que, examinado de frente, a muchos les resulta inquietante una vez que se hace visible (Zuboff, 2019).
Nada de esto prueba que la Web 2.0 sea mala en el balance; el recuento de sus beneficios de la sección anterior debe sopesarse contra estos costos, y personas razonables los sopesan de manera distinta. Lo que el paquete establece es un agravio estructural: un conjunto coherente de quejas sobre la centralización, la intermediación, el encierro y la vigilancia que no son fallas accidentales por parchar, sino consecuencias directas del propio modelo de plataforma. Es precisamente esta lectura estructural — la afirmación de que los problemas están incorporados a la arquitectura y exigen, por lo tanto, una cura arquitectónica — la que anima los dos capítulos siguientes y, más allá de ellos, todo el proyecto Web3.
Síntesis
La Web 2.0 fue la era en la que la Web aprendió a ser escrita, y no solo leída: el momento en que la biblioteca, para retomar la imagen inicial, vio a sus visitantes usar el bolígrafo. En lo técnico, la hicieron posible las páginas dinámicas y similares a aplicaciones (AJAX), el software entregado como un servicio en mejora continua, los formatos del contenido generado por los usuarios y la expansión del dispositivo móvil siempre conectado — que cumplió, a su manera, la profecía de Darcy DiNucci de 1999 de una Web entretejida con la vida cotidiana (DiNucci, 1999) y realizó la "Web como plataforma" que Tim O'Reilly nombró y analizó en 2005 (O'Reilly, 2005). En lo social y lo económico, fue la era de la plataforma — el intermediario de software cuyo valor reside en conectar personas — y de los efectos de red que empujaron a las plataformas hacia la concentración, de la acumulación de datos que se convirtió en su activo decisivo y del modelo publicitario que financió sus servicios gratuitos monetizando la atención y el comportamiento.
El resultado fue una expansión genuina e histórica de la capacidad humana de publicar, conectarse y realizar transacciones, entregada con una comodidad que miles de millones eligieron libremente. Pero esa comodidad vino empaquetada con centralización, intermediación, encierro y vigilancia: una superficie participativa sobre un núcleo centralizado, lo que Gehl (2011) llamó "centralización distribuida". Este paquete es el pivote de toda nuestra indagación. El capítulo siguiente examina sus costos en detalle y en sus propios términos — la lógica del capitalismo de la vigilancia (Zuboff, 2019), la cuestión de la propiedad de los datos y los primeros contramovimientos, como el proyecto Solid de Berners-Lee —, antes de que el Capítulo 7 se ocupe de cómo una comunidad de criptógrafos e idealistas llegó a creer que estos no eran errores por corregir sino rasgos de una arquitectura por reemplazar, y le dio a su alternativa el nombre de "Web3".
En pocas palabras: La Web 2.0 nos dio una Web en la que todos podíamos escribir, y fue maravillosa y gratuita — pero esa libertad pasaba por unos pocos intermediarios poderosos que eran dueños de las salas, fijaban las reglas y convertían nuestros datos en su ganancia. Si ese intercambio valió la pena, y si algo mejor es posible, es la pregunta que el resto de este libro persigue.
Referencias citadas en este capítulo
Berners-Lee, T., Hendler, J., & Lassila, O. (2001, May). The Semantic Web. Scientific American, 284(5), 34–43. https://www.scientificamerican.com/article/the-semantic-web/
DiNucci, D. (1999, April). Fragmented Future. Print, 53(4), 221–222. http://darcyd.com/fragmented_future.pdf
Fuchs, C. (2011). New Media, Web 2.0 and Surveillance. Sociology Compass, 5(2), 134–147. https://compass.onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1751-9020.2010.00354.x
Gehl, R. W. (2011). Distributed Centralization: Web 2.0 as a Portal into Users' Lives. Lateral, 1. https://csalateral.org/issue/1/distributed-centralization-web-2-0-portal-users-gehl/
O'Reilly, T. (2005, September 30). What Is Web 2.0: Design Patterns and Business Models for the Next Generation of Software. O'Reilly Media. https://www.oreilly.com/pub/a/web2/archive/what-is-web-20.html
Wikipedia. (n.d.). Dale Dougherty. https://en.wikipedia.org/wiki/Dale_Dougherty
Wikipedia. (n.d.). Web 2.0. https://en.wikipedia.org/wiki/Web_2.0
Wood, G. (2014, April 17). ÐApps: What Web 3.0 Looks Like. Insights into a Modern World. https://gavwood.com/dappsweb3.html
Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs.